La Tierrita.

Los derechos de la infancia no se escriben en la arena porque se los lleva el agua cuando sube la marea.

Que no se olviden en libros cerrados por mucho tiempo.

Que no se digan al aire porque los arrastra el viento.

En todos los corazones que queden siempre grabados, éstos son nuestros derechos, nunca deben olvidarlos.

El derecho a la igualdad y a tener identidad, a sentirse protegido y a vivir en bienestar.

Que tenga el que necesite una especial atención y que no falte el respeto, el amor, la comprensión.

Que estén siempre aseguradas la salud, la educación.

Que seamos los primeros si hace falta protección.

Ni los niños ni las niñas deben ir a trabajar y lo que más precisamos es poder vivir en paz.

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¿Quién puede?

Nos une, por momentos nos separa, nos alivia las noches de ansiedad y nos alegra gran parte de la existencia. Nos da coraje, nos da valor, nos abraza en los momentos más desesperados, aquellos momentos en donde siquiera podemos pronunciar ni mediar alguna que otra palabra de socorro. Porque también existe la magia, bah magia, me gusta pensar que es magia el hecho de entendernos con una sola mirada. Magia. Un poco así se siente, como una dosis de magia, cálida, fresca, con sabor a hogar. Abre puertas, abre círculos, corrompe los miedos, te enfurece, te calma. Necesaria como el oxigeno. Empuja, enseña, invita a crecer. Jamás la vas a encontrar de una forma, aparece en los lugares más temerarios y oscuros de cada vinculo y se abre paso, lentamente y poderosa. Toma forma, toma cuerpo, empieza a tener cara y nombre. Caras y nombres. Cuando se presenta y llevas tiempo caminando con ella olvidas como era vivir sin esa sensación, no te interesa tampoco tratar de recordar como era vivir sin eso. Te acompaña en cada pisada desde la más temerosa hasta la mas fuerte, te acompaña en el primer y el último aliento. No aprieta, no ahorca, no agobia, no maltrata. Con el paso del tiempo se hace más sabia, más madura y más hermosa. No deja de abrir puertas, pero sabe reconocer cuando es momento de cerrar algunas otras. Cuida. Da espacio y tiempo. Perdona, si que sabe perdonar. Comprende, reflexiona. Tantas cosas, tantos procesos, para un solo hecho, un solo golpe de calor. Pienso que nadie puede vivir sin ella. También me gusta pensar que es la meta y el proceso a la vez, anhelarla es tocar el cielo con las manos. Tenerla, es vivir el paraíso en la tierra. Agradecer. Privilegiados somos aquellos que la tenemos en tiempo presente y futuro, aquellos que la transitamos y vivenciamos día a día, reconocer que no se da por casualidad y que algunos que otros quizás mueren sin haber conocido aquel sentimiento sincero. Agradecer. Se siente lo más propio y a la vez lo más ajeno de si. Hace a la identidad, da motor pero con un pequeño gesto también puede desaparecer. Frágil. Requiere de los cuidados más sofisticados.

Tenerla, es vivir el paraíso en la tierra.

Y me pregunto entonces: ¿Quién puede vivir sin amistad?

Te reto a no tener miedo.

Cuando era chica y tenía miedo de estar a oscuras, hacía una prueba sencilla: imaginaba las cosas que haría al día siguiente; pensaba en que al otro día me iba a levantar, iba a desayunar con mamá, ver la tele, ir al cole, jugar a la saltar la soga con mis amigas. También trataba de aguantar más de 3 minutos sin tener escalofríos ni escuchar sonidos extraños en la oscuridad. Me retaba a no sentir que estaba sola.
Te reto a no tener miedo. Jugando a las escondidas, durmiendo, caminando un pasillo de casa ajena. De monstruos, seres extraños, fantasmas o espíritus. Qué miedo le tenía a lo desconocido e intimidante, a todo eso que no esperaba pero sí habían contado. Que invocabas espíritus con una copa dada vuelta o mirando al espejo. Me retaba a vencer el miedo de que alguno me asuste y paralice, que de todas formas, al final sólo era eso. En el susto a lo extraño, que a lo mejor, aparecía y se volvía. No más, no mucho más.
Te reto a no tener miedo. Vengo diciendo. Desde que menstrúo pero aún más, desde que tengo pechos, o en realidad, desde que supe que tenía vagina. Me reto a no tener miedo hoy, cuando subo a un auto y el remisero da la vuelta y me mira: “Me haces acordar a mi ex novia” “Es una mujer muy linda” “¿Cuantos años tenes?”. Me reto a no tenerlo por más que haya trabas automáticas que no pueda controlar, o vidrios que suenan irrompibles, o 18 centímetros que separan mi cuerpo del de ellos. Me reto a no tener miedo mientras finjo llamadas “Ma, ya estoy yendo” “Pa, estoy en remis, voy a casa” “Amor, cuando llego te aviso”, mientras en mi cabeza imagino uno y miles de escapes, ¿y si me tiro del auto en movimiento? ¿Pero en donde me tiro? No conozco esta zona, ¿Estará trabada la puerta? En la mochila tengo un paraguas, quizás me puedo defender con eso. Me reto a no tener miedo cuando suspiro después de que un pibe encapuchado me pase por al lado y no haya parado, siquiera mirado. Me reto cuando el auto que frena de golpe es un guachin queriendo quemar unas llantas y no, no meterme adentro. Me reto, cierro los ojos fuerte, trago las lágrimas y ganas de gritar, aprieto mi puño, la mano diminuta incapaz de romper algo, y vuelvo hacerlo. Como lo hacía frente a los fantasmas y espíritus, a dormir sola o caminar por la oscuridad: me reto a pelear y hacer frente, a llorar cuando pase, aliviar cuando vuelva.
Me reto porque los días pasan y la realidad cambia. Me reto porque hoy mi fantasma es el mismo que el de todas. El que persigue y aparece, el que en el discurso se escabulle pero en lo cotidiano reaparece. El que avasalla y corrompe. No es el que da un susto nomas, no es la copa que cae o marca letras en el tablero. Es el que aparece para romper. Para rompernos. Desaparecernos. Quebrantarnos. Acusarnos. Jugar la doble moral para así: matarnos dos veces. Una, estando vivas, dos, estando desechas.
Me reto a no tener miedo porque es lo único que puedo hacer. Lo único que tengo. Me reto porque sino es ceder ese lugar que se intenta imponer: tener miedo para así obedecer.
Nos reto a no tener miedo.

Abril. II.

Ignora la gobernadora

cuántas filas de ladrillos

levantan una pieza

que estudia al amanecer

Cuántas horas se usan

leyendo fotocopias

de libros que no tienen

biblioteca en la pared

Ignora la gobernadora

cuántas cuadras de tierra

separan una casa

de la estación del tren

Y cuántas garrafas

calientan la pava

que silva madrugadas

entre apunte y “te va a ir bien”

Ignora la gobernadora

la lágrima en el bondi

“no alcanzó todavía

lo tenés que rehacer”

Y cuáles palabras

tienen nueva casa

orgullo y sobre mesa

“cuánto que sabés”

Ignora la gobernadora

qué manos compañeras

sostienen la confianza

a punto de caer

Ignora tantas cosas

que suceden a diario

a la orilla de todo

conurbanos del saber

Qué a veces me pregunto

cuánta ignorancia cabe

afuera de la pieza

de ladrillo en la pared

-Ana Gómez-

Otras.

Nos criaron para pisarnos la cabeza entre nosotras.

Guarda con las minas que son envidiosas.

Guarda que se cagan entre ellas.

Guarda que donde hay minas hay quilombo.

Guarda que la otra es amenaza.

Guarda NADA.

Eso también es patriarcado.

Porque la realidad es que la otra, cuando falto yo, sale a la calle con mi foto.

Y grita mi nombre.

Y acompaña a mi mamá.

La otra aprendió a la fuerza las mismas cosas que yo.

Aprieta las llaves de su casa en manos igualitas a las mías.

Transpirando el mismo miedo.

Cruzando las mismas avenidas.

Porque son las tres de la mañana para ella y para mí.

Y la vida se nos va tratando de alcanzar la cerradura.

La otra ya cambió de ropa para no andar provocando como me he cambiado yo.

Y bajó la vista y se calló la boca.

Y de todos modos le gritaron a los diez y a los once y a los ocho las mismas barbaridades que me gritaron a mí.

Y que nos siguen gritando.

La otra sabe que pudo ser Micaela, entonces ES.

Como sé yo perfectamente que pude ser María Soledad y entonces SOY.

Y a lo mejor mañana a otra le toque ser Zuleika.

Aunque me duela y me asuste.

La otra no permite que me muera.

Aunque me maten.

No se resigna a mi cuerpo podrido a la intemperie.

O al costado de la ruta.

O a la vera de algún río.

Esa es la otra.

Por eso no voy a olvidar nunca que hubo un montón de Otras que dejaron la vida para que yo pueda gritar como estoy gritando hoy.

Es en memoria de esas Otras esta revolución irreversible.

Y para todas las Otras que no nacieron todavía.

Así que guarda vos, con la otra.

Que si te metés con ella te metés conmigo.

Y si te metés conmigo saltan todas las demás.

Todas las otras.

Que soy yo.

Que somos una.

-Anónimo.

Abril.

Es que yo sé que no puedo cambiar una historia, lo sé, en serio, no tengo el complejo de heroína, pero tampoco voy a resignarme a pensar que todo es tan injusto porque la vida lo dispuso de esta forma o que nacimos dentro de un sistema que suele condenar nuestro futuro, no puede ser así ¿o no? Como poder, puede, pero no debería ser así o no deberíamos aceptarlo así, me resisto a pensar que de una u otra forma nos arrodillamos frente a una especie de superior y quedamos a su merced, somos unxs imbéciles, hay un montón de etapas que se me vuelven a repetir, como cuando tenes 5 años y te preguntas cómo es posible salir de un repollo, como cuando te obligan a ser cordial con adultos que no te interesan e inventas un respeto ficcionado, como cuando te preguntas porqué comemos animales, como cuando tus progenitores te marcan el camino e instauran leyes familiares que parecen absurdas, y al margen de que acabo de tirar muchos dramas que me hacen estar sentada hoy acá, no paro ni un segundo de preguntarme, con la misma ingenuidad, porqué mi privilegio fue el de tener una familia, porqué mi educación fue buena por cuotas que perduraron durante 14 años, porqué entro a un hospital y tengo 5 doctores atendiendo amablemente, porqué mis pares de zapatillas no tienen agujeros, porqué puedo respetar las cuatro comidas y todas ellas ser distintas, porqué yo sí, y él no? No me respondas. No quiero hipótesis freudianas ni apaciguantes, no me interesan justo ahora. Me tocó estar del lado privilegiado, en lugares productos de trabajadores, no tuve la economía facilitada, ni la tengo, pero aún así estoy acá, en este sillón preguntándome una vez más habitués que son naturalizados al punto tal de ser olvidados y vos repitiendo incesantemente “no todos piensan igual que vos” ¡Como si eso no lo supiera!¡Como si eso quisiera! No hablo del guiso de lentejas o de una muda de ropa, no digo que nos organicemos y pensemos vestir de blanco de acá a la eternidad, quiero saber cómo llegamos a esto, a eso de pasar por al lado de una persona durmiendo en el piso y entenderla como parte del decorado, sólo digo cómo la propia familia puede darle la espalda a una piba que no caminó ni la mitad de la vida que ellos tuvieron (silencio) Bueno, me cansé, quizás tenga que empezar alguna actividad, yoga o algo por el estilo, aunque estoy segura que lo más coherente es no soltar esa incomodidad, de no ser así podría volverme igual de llana que todo lo banal que suelo criticar.

Ítaca.

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.